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September 2017

PAULIE SAYS

MR. JOHN

Hace unos meses retomé mi blog como manera de compartir parte de las cosas que me motivan, pero hoy siento que lo necesito a modo de válvula de escape.

Ayer mi corazón literalmente latió de la manera más fuerte que lo he sentido en mi vida luego de una llamada a mi mamá. El chinito de mis ojos se me fué.

Hace más de un mes que lo ví casi irse y desde entonces tenía una carga emocional que no me dejaba dormir y la paranoia de que sonara mi teléfono, manejé en medio de una tormenta poniendo en peligro mi propia vida para tratar de llegar lo más pronto posible a su lado, lo acaricié dentro de una ambulancia y sostuve su mano día y noche mientras le hablaba con ese inglés chombo de Colón con el que él me habló mis 31 años. Le dí su comida en los momentos en que podía salir del trabajo porque no quería dejarse alimentar de más nadie, ni de sus propios hijos y sentí alivio cuando salió del hospital la primera vez. Creo que en ese momento mi propia familia recordó el vínculo especial entre él y yo.

Me cuesta tanto escribir sin romper en llanto, pero creo que las palabras valen poco al lado de las cosas que hizo ese hombre por mi. Fué mi papá cuando el mío murió, mi chofer, mi mecánico, mi inventor, mi paño de lágrimas, mi alcahueta, mi date, mi compañero de ver tv y películas, mi pintor, mi cuidador de mascotas, mi banco cuando andaba limpia, mi paramédico, mi yerbero brujo, mi protector, mi niño de los mandados, mi maestro, mi amigo, mi mayor fanático en la vida. Mi abuelo. Siempre supe que yo, su nieta menor era su favorita y creo que los demás también lo sabían. Él siempre me decía lo hermosa que era cuando el mundo me decía lo contrario, y era mi amigo cuando no tenía ninguno.

Fuí la última en tenerlo en brazos cuando fijó la mirada una noche antes de quedarse dormido para siempre, lo abracé mientras lo sostenía, sentados al borde de la cama para que pudiera respirar mejor y descansar un poco. Recuerdo exactamente las últimas palabras que me dijo días antes en el hospital: Ice cream.  Le había llevado un helado porque no quería comer, y se lo comió conmigo. Recuerdo como sus ojos me seguían cuando me alejaba de su cama para buscar algo en el cuarto. Así como cuando le decía estupideces que yo sabía que él no estaba de acuerdo, pero igual me las alcahueteaba y me decía “tu ta awebaa”. Le repetí una y otra vez cuanto lo amaba. No sabía si iba a recordarlo minutos después, ni si me escuchaba, así que se lo repetí hasta el último momento que lo tuve conmigo.

Siempre me burlaba en su cara de su español machacado, de cuando decía “tonííto” en vez de decir “tornillito”… él solo se reía – no era su lengua materna, era el Catalán (a todos se les hacía curioso que un chino no hablara chino pero hablara catalán) pero mi abuelo sin haber podido terminar el colegio porque su papá murió muy joven y tuvo que salir a trabajar, era un hombre brillante, un verdadero genio y por eso le apodamos Head. Creía en San Judas Tadeo pero le daba crédito a la medicina moderna y a la medicina natural. Siempre tenía la refrigeradora llena de jarras de vainas raras que había leído en uno de sus tantos libros y revistas de botánica. Yo le decía Cabezota, Fish Head, Q-tip y siempre que lo veía exclamaba le “yasss man, ras buay!”. Una mente excepcionalmente única. Un corazón bondadoso y más puro que todo el oro en la historia del universo. Para mí un santo y un hombre ejemplar en todo sentido. No tenía mucho, pero lo poco que tenía se lo daba a personas que no tenían nada.

Era mecánico de aviones y autos, pero siempre admiré como con su poca educación escolástica, sacó adelante a su familia y llegó a pilotear aviones comerciales cuando se averiaban y a los demás les daba pánico. Me inventaba artefactos para cosas sencillas como que no me pasara la corriente probando foquitos de navidad y llegó a inventar herramientas para solucionar problemas de los aviones. Se emocionaba al ver una caja de herramientas y un auto averiado, hasta de a gratis los arreglaba a extraños porque era su pasión, como un niño con una caja de juguetes. Todo en la vida era como un rompecabezas que él no podía esperar a solucionar.

Amaba tanto a mi abuela. Mi pobre Chabelita, que con su alzheimer pensamos que no iba a darse cuenta y hoy a sus 100 años está apagada y en silencio. Si no fuera por él, ella no hubiera durado tanto tiempo. Y ese amor es el que desafía esa enfermedad y lo único que ella recuerda luego de 20 años padeciéndola es “papá”. Tengo miedo de perderla pronto, sé que ese día va a llegar pero ellos pertenecen juntos, así como desde que se casaron cuando él apenas tenía unos 18 años, o eso es lo que me cuentan. Dos pajaritos.

Fuí la última en tenerlo abrazado y la primera de la familia en verlo hoy ya arregladito con su camisa y sus jeans como siempre lo veíamos. Nunca había visto a un cuerpo sin vida antes de que me llevaran a su casa luego de la noticia, me daba terror y era algo de una “lista de experiencias” que nunca quería marcar con un ganchito. Pero él me hubiera dicho que fuera valiente, así como cuando era chiquita y se me aflojaba un diente y venía mi abuelo, se sacaba un pañuelo del bolsillo y con extremo cuidado me sacaba el diente mientras yo despotricaba, y seguido me daba un vasito de agua con sal para hacer buches. Entré temblando y no quería recordarlo así, pero no podía dejarlo ir sin ver a mi chino de ojitos chiquitos que lo que le sobraba era amor, y era tanto amor en su corazón para todos que necesitaba un marcapasos para aguantarlo.

Siempre ví a mi abuelo como un hombre indestructible, y cuando lo ví ya apagándose sentí miedo. No quería verlo irse pero como la vida tiene principio y fin, me tocó despedirme. Me duele como no tienen idea, por momentos estoy bien pero veo su foto y lo tanto que nos parecemos. Cuando veo esa sonrisa tímida que siempre tuvo me acuerdo de tantas cosas. Yo pensaba que nunca iba a sufrir tanto como cuando se fué mi papá, pero mi abuelo era la goma que me sostenía cuando yo no estaba bien, y prácticamente la goma de mi familia. Las experiencias de padre-hija me las dió en su mayoría mi abuelo. Me da miedo que progresivamente no recuerde su voz, ni su perfume. Ya no vamos a ir por cheeseburgers y helado al McDonalds como tanto nos gustaba, ni voy a despertar con cajas de desayuno chino esperandome en la cocina un domingo, ya no se va a aparecer con un overnight bag fuera de mi casa para que yo no me quede sola. Ya no va a pintar mi cuarto cuando me aburra de un color, instalarme una puerta o ponerme alguna medicina cuando algo me duela. Ya no vamos a hablar de películas de crimen ni voy a sostenerle sus herramientas mientras repara algo en casa. Ya no le vamos a hacer bullying juntos a mi mamá ni va a repararme mi blower cuando se me dañe. No va a venir en su pick-up a recogerme antes que llegue un taxi, ni va a venir a ponerle agua a mis mascotas cuando yo quiera recorrer el mundo.

Siento que me faltó tanto por vivir y aprender con él, me duele que Edgar no lo conoció antes porque hubieran sido el dream team. Soy afortunada de llevar su sangre y sus rasgos asiáticos, de haber estado 31 años en los brazos de la persona que me consintió tanto y que me daba todo lo que tenía con tal de verme feliz. Me enorgullece haber heredado su apellido y tantas cosas que quizás son tan intrínsecas que ni me doy cuenta, pero como me duele vivir si mi chino no está conmigo.

Farewell, Mr. John. Have a safe flight.

 

 

 

PAULIE SAYS, POPCORN TIME

REVIEW: IT – ABAJO TODOS FLOTAN

Muchas de las fotos de mi infancia muestran una pequeña yo, regularmente de cumpleaños, gritando y llorando aterrorizada por payasos. Cuando le pregunté a mi mamá por qué me hacía eso de contratarlos si evidentemente les tenía pánico, me respondió sin mayor remordimiento de conciencia: “a los otros niños le gustan”. Gracias mamá.

La verdad Eso no se llama “el payaso come niños”, pero es la referencia que tengo desde mi infancia. It, adaptación de la novela de Stephen King es un clásico del terror psicológico que atormentó a toda una generación que aún tiene secuelas de coulrofobia. Y así como Pennywise, el payaso, vuelve más que una tabla de Ouija, el director Andrés Muschietti (de la fama de Mama y Mamá, porque este señor aparenta haber tenido una infancia horrenda con mommy issues) nos lo trae nuevamente y más creepy que nunca.

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FOOD ADVENTURES, PAULIE SAYS

CAFECITOS

En los tiempos de los coffee labs o cualquier nombre fancy que le pongan a las cafeterías, hay miles de tipos de café y cada uno de ellos es un mundo por conocer. En Panamá se ha desatado un boom de auto proclamados conocedores del café, desde los instantáneos de .50 centavos hasta los frappuccinos que rondan los $7. Pero si volvemos a la vida simple, un café no necesita tanto título, ni ser importado de Singapur procesado por las enzimas de un mono, ni caro cuando es bueno, local (¡apoya lo nacional!) y más que llegarte al estómago te llega al corazón.

Café Durán me dió la oportunidad de participar en un taller de preparación de recetas con su café. Me pareció una oportunidad genial, ya que hace varios años dejé de ser el estereotipo de persona creativa que no puede vivir sin café. Mas bien, si me metía mas, no iba a vivir lo suficiente. Entonces me convertí una cafetera ocasional y mis favoritos son los cafés fríos. Como buena sibarita, emprendí una nueva aventura culinaria y lo documenté.

Si les gustó el video, abajo les dejo fotos y comentarios sobre mi experiencia completa.

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