EDGAR SAYS, POPCORN TIME

A la deriva

Artículo escrito por Edgar C. Mans

Si a un antropólogo se le preguntara algo complejo y pesado como “¿cuál es la solución a la situación en el Medio Oriente?”, lo más probable es que responda comenzando con el origen de un conflicto y siguiendo con algo como “el primer paso es la comprensión. Porque solo sabiendo el por qué, se puede comenzar a solucionar una situación social”.

¿Qué sentimos cuando vemos el peso de la justicia caer sobre un culpable? El cine es el arte morboso que no permite un clímax en el cual un monstruo sufre, porque en la vida real la mayoría de injusticias ocurren sin retribución newtoniana, causando nuestra gran mayoría de frustraciones a pequeña escala acumulándose en enfermedades crónicas.

El cineasta Miguel I. González confesó que se le pidió que callara el tema del dietilenglicol, ante vítores y aplausos de un público justamente conmovido. Pero más allá de una historia de un director, A la deriva es la historia de tres mujeres y las ramas y raíces que se extienden y crecen de ellas. Las hojas de su vida, las flores de sus sueños y las semillas de su indignación.

Como izquierdista social, me alegró que el monstruo del documental no fuera la Caja de Seguro Social. Como humanista me pareció satisfactoriamente ético el enfoque en lo humano. Hasta el monstruo de la historia es humano: cada culpable del consumo de dietilenglicol. Como socialista, me agradó la perspectiva femenina en un mundo incrementadamente consciente de la igualdad de género, compensando por milenios de desproporcionado privilegio masculino. Como público, me cautivó el tono tan orgánico, las texturas tan vívidas, y el ritmo tan delicado con el cual el filme toca los temas más sensibles y acaricia la psique con un susurro de esperanza ante la más perseverante de las adversidades: el dolor constante.

A la deriva es en mi prematura opinión el paradójico ganador de una competencia en la cual no compite. El premio del público claramente es uno guiado por conmoción y empatía. Y la película, done o no a la causa con sus procedencias, es la pieza clave en este movimiento que no descansa mientras haya afectados por el dietilenglicol.

Si a mí me preguntaran, sin ser antropólogo, ¿cuál es la razón por la que olvidamos tan rápido? Mi respuesta sería: para vivir. Allison, una niña gravemente afectada a nivel neuronal por el dietilenglicol, se ve temprano en el documental luchando por comunicar que entiende el concepto del cero. En la película claramente vemos víctimas, pero más que nada vemos sus esfuerzos en sacudirse tal fúnebre título. Lo más fuerte de A la deriva es la cotidianidad de todo. Como confusiones burocráticas en expedientes médicos pueden poner vidas en riesgo. Como un envío casual de glicerina para producir anticongelantes puede terminar en medicamentos otorgados por una entidad gubernamental para mejorar la salud. Como un cambio de receta puede terminar en un padecimiento de por vida. Movimiento reducido, cansancio constante, debilidad muscular, desorientación y otra gran cantidad de síntomas afectan a quienes han tenido el compuesto químico C4 H10 O3 en su organismo sin tratar por más de un día. Y día tras día, las protagonistas de la historia no olvidan, sino que luchan para vivir una vida con un semblante de la dignidad que merecen, cercenada por los síntomas de la intoxicación.

La película busca justicia. El movimiento que genera es uno de indignación. La misma indignación que causa ver niños privados de acceso a sus sueños, a un aprendizaje pleno y a una vida con salud. La misma indignación que siente una mujer al ya no poder ser libre para caminar, para ser esposa y amante, para ser ama de casa o compañera de vida. Los héroes de A la deriva son puramente humanos, viviendo un día a día con una realidad incómoda, pero unida a cada silla en la que se sientan.

Apropiadamente, A la deriva no sucumbe a la trillada herramienta de cámara en mano. El pulso de este documental es tan solemne como debe ser: la fotografía se mueve junto a los sujetos que retrata. El sonido captura el ambiente en el que juegan niños, en el cual se desplaza una silla de ruedas, o en el cual un pincel revive el rostro de un esposo difunto sobre un lienzo.

La delicadeza que logra A la deriva es admirable, y es sin duda un fruto de amor. Un amor a la vida que sobrepasa la amargura por no tener justicia ante los culpables de una calamidad masiva que afecta a miles dentro de Panamá y otros miles en decenas de países diferentes. Y es por todo esto, por el montaje de respiro esperanzado, por los planos de un paisaje pulsante, y por el cariño con el que tres voces lloran y sonríen colores del pasado y el futuro, es que A la deriva es una obra audiovisual incambiable. Urgente en su llamado, permanente en su efecto, necesario en su voz.

 

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    1 Comment

  • Reply Daniella91 October 21, 2016 at 12:42 pm

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